lunes, 6 de octubre de 2008

La televisión actual, un fascismo de masas

Artículo escrito por Ángel Ruiz en Infernex.net

La información es poder. El morbo es producto. El dinero es el resultado.

Una caja de plástico que emite destellos de luz con sonidos. Eso es el nuevo profeta de un Dios inventando por enésima vez. Omnipotente. Omnipresente.

Marca tendencias y pensamientos, no hace falta ni que refleje las que se ven fuera, es tan fuerte que es capaz de crear las suyas y hacer que te las tragues. Junto con su moral. Vendida a políticos, religiosos o cualquier otro grupo de poder. Perpetuando el círculo vicioso. Continuando el patético juego.

Dueños de televisiones. Dueños de empresas. De muchas empresas. Con ellas, publicidad y eslóganes que hablan de la autoperfección, de la autorealización y de lo fácil que es conseguirlas sin tan siquiera moverte de tu casa. Anuncios de ropa interior y de comidas bajas en grasas y calorías. Consejos superfluos de lo que debes tener en tu cuerpo, armario o garaje para sentirte mejor. Un bombardeo constante de superficialidad, alejada del sentido y la razón. Telelobotomía. Una operación a distancia para reconstruir tus circuitos cerebrales sin usar ni cirugía.

Así despertaron y siguen despertando al voyeur que llevamos dentro. Vendiéndonos intimidad para que no pensemos en lo penosa que es la nuestra. Series que perpetúan un espíritu de rebeldía que se ha convertido en apatía resentida, perpetuando sueños que pocas veces conseguiremos. Aceptación sumisa, como borregos. Conocimientos inútiles que embotan nuestro cerebro y solo hacen que veamos al Gran Hermano desde el otro lado del espejo. Ese que describe Palahniuk. Ese que te mantiene ocupado entre ilusión de información, entretenimiento de masas y ruido de risas de muertos grabadas hace más de 60 años. Ese que hace que no consigas pensar en qué quieres hacer con tu vida porque todo tu cerebro ya está ocupado.
Y ahí es cuando todas las patrañas te entran una a una, sin remedio. Directas a tus ojos, a tu garganta y a tu cerebro. Lo dominan todo. Son el nuevo Dios.

Empiezan de buena mañana, como los mercados. La diferencia está en que te venden el rigor informativo como mi pescadera los boquerones. Un pasatiempo, triple, cuádruple o incluso continuo. Sensacionalismo envuelto en entretenimiento barato, un sucedáneo cultural más para mantener a raya la opinión del ciudadano medio que ha dejado de consumir verdadera cultura.

Sin inquietud, inmóvil. No lee libros, no escucha más música que aquella con la que le bombardean, no va al cine ni al teatro, no asiste a exposiciones y el arte en general se la suda. Por dejar ya hasta deja los periódicos que tan famosos se hicieron por regalarse.

Te sientas en el sillón, coges el mando y crees tener el control. Ilusión de seguridad. Nuevas generaciones ensimismadas en personajes ficticios, o peor aún, reales, con los que sueñas o soñaste llegar a ser. Aún así, a veces, te crees capaz de rebelarte, de creer que si no ves determinados tipos de programas cambiarán su manera de hacer televisión. Que si te quejas reaccionarán. Que tus gritos serán escuchados. Ilusión de credulidad. La duda ofende pero su risa continúa, haciéndose casi perpetua como el formato de programas que emiten.

Un pensamiento único basado en el entretenimiento y control de las masas, aplicando la fórmula para que se sostenga el máximo de tiempo posible, para que éstas repliquen el mensaje y se envuelvan en él, como una manta cálida de falsa protección, convirtiéndolo en un monotema, en un pensamiento fascista que aisla de cualquier otra tendencia que puedan lanzar políticos, escritores o intelectuales tal y como afirma en sus ensayos el filosófo alemán, Peter Sloterdijk.

Lamentablemente, la idea no es nueva, ya decían los romanos, Panes et circensis.
Por suerte aún quedan rebeldes, creyentes independientes de la imagen en movimiento. Condenados. Desterrados. Vagando por la red de redes en busca de una selección de contenidos de calidad. Ellos no nos la van a dar, están demasiado ocupados manteniendo el engaño mientras cuentan sus ganancias. Y si los que viven de esto no inician la revolución que necesita el medio televisivo, debemos ser nosotros, los telespectadores, los que les devolvamos todos los vómitos que nos provocan delante de sus puertas.

Que huelan lo mismo que nosotros cuando vemos lo que nos ofrecen al encender esa caja de plástico. Quizá así comprendan qué se siente, notando ese hedor una mañana tras otra. Quizá así reaccionen de una puta vez para que a todos nos desaparezca la nausea de una vez por todas.

Visto en meneame.net

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